"Cada vez que llega un buque se derrama petróleo en la bahía de La Habana"
El vertido de 280.000 litros de gasolina en las aguas de la capital delata la descomunal contaminación provocada por la refinería Ñico López
La Habana/Delgado como el hambre, el hombre camina por la orilla del emboque de Regla con el sol habanero golpeándole el rostro. Sortea los desechos –una chancleta, un ramo de girasoles marchitos, animales muertos y pomos ennegrecidos por la podredumbre del litoral– y lanza la red. Repite el movimiento una, dos, tres veces. No saca nada.
A sus espaldas, la refinería Ñico López lo ensucia todo. Lleva años contaminando la costa sin que a ninguna autoridad parezca importarle. Las denuncias de los habaneros han sido múltiples; las soluciones, ninguna.
La Ñico López volvió a ser titular la semana pasada. Dos de sus trabajadores fueron juzgados por derramar 280.000 litros de gasolina regular durante una descarga. La cantidad perdida es un verdadero drama en un país que lleva años sin levantar cabeza por la crisis de combustible, una de las causas de la debacle energética. La prensa oficial, más preocupada por subrayar el carácter ejemplarizante del hecho, no reveló si hubo o no daños medioambientales.
La respuesta es obvia para quien recorra la bahía habanera, una bolsa perfecta en cuya orilla recala todo lo que se desecha por tierra o por mar. Los pobladores lo saben bien. “Aquí de toda una vida cada vez que llega un buque se derrama petróleo”, afirma Jorge, un joven de la zona, señalando la cochambre grasienta sobre las aguas.
Desde la antigua La Arenera, donde Jorge observa la bahía –no lejos de la refinería–, se percibe la magnitud del desastre. La acumulación de varias décadas da a ese rincón de costa una desolación particular. “Se forman tremendas cochinadas”, diagnostica el joven. “Yo vengo justamente de esa parte, por donde se descarga. El mar está lleno de manchas de aceite negro”.
Es mediodía y el agua lo refleja todo con nitidez: una patana oxidada, medio hundida cerca del puerto; guajacones –una de las pocas señales de vida– y pequeños animales que se escurren entre los trozos de plástico; algas, ramas y espuma.
En la Ñico López no solo se bota petróleo sino también dinero. La corrupción del lugar es legendaria. “Los que más robaban eran los que trabajaban en la planta 2, donde se procesa la gasolina especial”, dice a 14ymedio Alfonso, un ex empleado de la Unión Cuba Petróleo que trabajó allí hace una década.
“Desviaban la gasolina por las líneas hacia la Planta 3, que estaba inhabilitada, y que colinda con el poblado de Regla”, detalla. “Tenían su vínculo con algunos trabajadores de Cubalub, la Empresa Cubana de Lubricantes, que les vendían los tanques y los llenaban, para pasarlos al otro lado del muro, y ya ahí otros se encargaban de guardarlo un tiempo”.
Según Alfonso, en la Ñico López se trabaja por turnos, repartidos entre brigadas de trabajo. Los novatos, que al principio no querían saber nada de robos, acababan involucrados por los veteranos, explica. A menudo, por el apuro y la falta de implementos, la operación salía mal y no quedaba más remedio que entregarse.
“En una ocasión, mientras hacían el procedimiento para desviar la gasolina, los ladrones hicieron un mal procedimiento y hubo un incendio”, narra. “En ese momento no hubo forma de enmascarar el robo, y la brigada entera fue presa. A la mayoría los soltaron a los dos o tres años, antes de cumplir la condena”.
Durante una de las “reformas empresariales” que sufrió la Ñico López –y que Alfonso resume en la fórmula de trabajar lo mismo por menos salario–, el hombre abandonó la refinería. Ya los directivos estaban aciscados por la corrupción y habían instalado cámaras de seguridad. “Robar ya no fue tan fácil para los empleados. Se digitalizó todo el proceso e incluso pusieron guardias de seguridad de la empresa Sepsa, que vigilaban la zona a caballo, porque es un lugar muy amplio”.
Pero ni con eso contuvieron los robos. “La gente empezó entonces a sacar la gasolina en bolsas de suero que llevaban pegadas al cuerpo”, asegura Alfonso.
Los habaneros intuyen el impacto medioambiental de la Ñico López. No es solo el combustible que ennegrece la bahía: los gases tóxicos que expulsa su torre han hecho de la capital una de las ciudades de Cuba con aire más irrespirable, según científicos oficialistas.
Regla es el poblado que más sufre esa polución. Y a pesar de que el Centro de Contaminación y Química de la Atmósfera alertó de que la situación era “preocupante” y que “urge revertirla”, no se ha dado el más mínimo paso en ese sentido. Mientras, la bahía dice todo lo que la prensa oficial disimula. Los pescadores informales que bajan a la rada, sin camisa y esquivando los manchones de suciedad, lo saben bien: es imposible pescar en un basurero flotante.